Hay que tener agallas para plantar la primera semilla legal de cannabis con fines farmacéuticos en el Reino Unido de los años 90. Y más aún para empeñar prestigio, dinero y años de trabajo en un sueño que muchos colegas médicos veían como una excentricidad. Pero Geoffrey Guy, un médico británico especializado en dolor, lo hizo. Su apuesta le costó casi dos décadas de ensayos, rechazos regulatorios y escepticismo, pero en 2010 dio el campanazo: Sativex, el primer medicamento a base de extracto completo de cannabis aprobado como analgésico en un país desarrollado, recibió luz verde en el Reino Unido para tratar la espasticidad de la esclerosis múltiple y, de paso, el dolor neuropático que trae consigo.

Un médico con una corazonada clínica

Antes de fundar GW Pharmaceuticals en 1998, Guy ya cargaba con varios fracasos y aciertos en el mundo biotech. Había creado Ethical Holdings, una empresa que desarrollaba parches transdérmicos, y le habían rechazado más de una idea por considerarla demasiado arriesgada. Pero nada le obsesionó tanto como la posibilidad de usar cannabinoides para aliviar el dolor. No fue un flechazo académico: lo que lo empujó fue ver a pacientes oncológicos y con esclerosis múltiple que, sin receta médica, fumaban marihuana y conseguían un alivio que los opiáceos no les daban. “Me dije: si esto funciona de verdad, hay que meterlo en un frasco, purificarlo y someterlo a los mismos controles que cualquier otro fármaco”, recordaría años después en una entrevista.

Del invernadero al laboratorio: cultivar evidencia científica

El primer paso fue domesticar la planta. GW obtuvo una licencia del Home Office británico para cultivar cannabis con fines científicos, algo inédito desde hacía décadas. Instalaron invernaderos secretos en el sur de Inglaterra, con medidas de seguridad propias de una base militar. Allí clonaron variedades con perfiles ricos en THC y CBD, los dos cannabinoides que más prometían. Mientras tanto, un equipo de farmacólogos, químicos y botánicos trabajó en un extracto estandarizado que combinaba ambos compuestos en una proporción casi 1:1 y lo envasaron en un pulverizador bucal. El resultado fue nabiximols, un líquido que se absorbe bajo la lengua y permite un control de dosis milimétrico, sin el subidón psicoactivo que tanto temían los reguladores.

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Los primeros estudios clínicos no fueron un paseo triunfal. En 2007, el comité asesor de la Agencia Europea del Medicamento (EMA) dio un portazo al fármaco para el dolor neuropático central: los datos de eficacia no eran lo bastante sólidos. Guy mordió el polvo y redirigió el tiro hacia la espasticidad por esclerosis múltiple, donde los pacientes reportaban una mejora subjetiva notable. Esta vez sí: en 2010, las autoridades británicas y canadienses dieron el visto bueno. Meses después, España, Alemania o Italia se sumaron. Hoy Sativex está aprobado en más de 30 países, y en algunos, como México o Chile, también se prescribe contra el dolor crónico.

El precio del éxito: millones para los inversores, alivio para los pacientes

La aventura no fue barata. GW Pharmaceuticals quemó cientos de millones de libras en investigación y desarrollo antes de ver un solo euro de beneficio. Pero la paciencia de los inversores tuvo recompensa. En 2013 la compañía dio el salto al Nasdaq, y en 2018 la aprobación en Estados Unidos de Epidiolex (CBD puro para epilepsias infantiles) disparó su cotización. El broche llegó en 2021: Jazz Pharmaceuticals cerró la compra de GW por 7.200 millones de dólares, una de las mayores operaciones de la historia del cannabis medicinal. Geoffrey Guy, que para entonces ya era presidente ejecutivo, emergió de la operación como uno de los grandes magnates del sector. Forbes estimó su fortuna personal en más de 400 millones de dólares, una cifra que lo convierte en el multimillonario improbable que apostó por la marihuana cuando casi nadie lo tomaba en serio.

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Más allá de la hazaña financiera, Sativex abrió una puerta que muchos gobiernos preferían mantener cerrada: la del cannabis como fuente de medicamentos seguros y regulados. En un momento en que solo en Estados Unidos mueren cada año más de 80.000 personas por sobredosis de opioides, la búsqueda de alternativas no adictivas se ha vuelto urgente. Los cannabinoides actúan sobre el sistema endocannabinoide, que modula el dolor de manera más sutil que los opiáceos, sin provocar depresión respiratoria. No son la panacea, pero para ciertos dolores resistentes —neuropatía diabética, dolor oncológico, fibromialgia— están cambiando vidas.

El legado del pionero

Hoy GW Pharmaceuticals sigue funcionando dentro de Jazz como una unidad especializada en cannabinoides, y su cartera de productos en desarrollo incluye moléculas sintéticas y formulaciones de liberación prolongada. Otros gigantes farmacéuticos también han entrado en liza: desde Pfizer hasta Novartis exploran compuestos que imitan la acción del THC sin los efectos secundarios. Pero el camino lo abrió un médico que se empecinó en meter la marihuana en una farmacia. “No fue suerte, fue cabezonería”, suele decir Guy cuando le preguntan por la fórmula del éxito.

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