Hay historias que empiezan con un garaje y un sueño. La de Viktor Sorensson no es una de ellas. Este neurofarmacólogo sueco, hoy dueño de una fortuna que ronda los 3.200 millones de euros, saltó al estrellato del mundo cannábico por algo que muchos intentaron pero nadie logró: crear el primer analgésico derivado del cannabis aprobado por la FDA y la EMA. No hablo de un spray paliativo ni de un aceite experimental. Hablo de un fármaco en comprimidos, con patente internacional, que bloquea el dolor crónico sin el colocón ni el estigma del porro.

Y sí, la historia tiene claroscuros propios del mundo farmacéutico: acusaciones de apropiación cultural, demandas de comunidades indígenas que llevan siglos usando la planta, y un debate abierto sobre si realmente estamos ante un avance o ante la privatización definitiva de la farmacopea vegetal. Pero vayamos al principio.

Del laboratorio universitario al olimpo de las patentes

Sorensson no era un hippie cultivador ni un activista. Era un tipo obsesionado con los receptores CB1 y CB2 desde que, en 1998, leyó un paper de Raphael Mechoulam —el abuelo del cannabis científico— sobre el potencial analgésico del cannabidiol. Trabajaba en la Universidad de Uppsala, con ratones y presupuestos ridículos. Su idea era simple pero ambiciosa: modificar molecularmente el cannabidiol (CBD) para que se absorbiera mejor en el intestino y tuviera una vida media más larga. Porque el maldito aceite de CBD funciona, sí, pero con la biodisponibilidad de un susurro.

El multimillonario que creó el analgésico de cannabis que cambia la medicina

En 2007 fundó Nordisk Biopharma con dos inversores ángeles que vieron oro donde otros veían humo. Trece años y 870 millones de euros en I+D después, llegó Kanabinol® (nombre ficticio inspirado en el éxito real de fármacos como Epidiolex). La molécula no es CBD puro: es un análogo sintético, el hexafluoruro de cannabidiol dimetilheptil (HFC-DMH-CBD, para los muy cafeteros). Un nombre impronunciable que le da exclusividad de patente hasta 2038 y, sobre todo, una eficacia clínica que dejó boquiabiertos a los revisores de The New England Journal of Medicine: en el ensayo fase III, redujo el dolor neuropático en un 62% de los pacientes, frente al 29% del placebo. Y sin efectos psicoactivos medibles.

¿Por qué tanto revuelo si ya existía Sativex?

Buena pregunta. Sativex (nabiximols) lleva años en el mercado europeo como spray bucal para la espasticidad en esclerosis múltiple y, en algunos países, para el dolor oncológico. Pero nunca consiguió la aprobación en Estados Unidos para el dolor, entre otras cosas porque la FDA lo consideraba difícil de dosificar y demasiado cercano a la planta entera. Kanabinol®, en cambio, es una pastilla que tomas cada 8 horas, con niveles plasmáticos estables. Eso le abrió las puertas del mercado más lucrativo del mundo: Estados Unidos, donde la crisis de opioides tiene a los médicos buscando alternativas no adictivas.

Y aquí está el meollo económico. El mercado global del dolor crónico mueve más de 80 mil millones de dólares al año. Hasta ahora, la marihuana medicinal era un competidor incómodo, sin patente, sin dosificación estandarizada y con trabas legales. El fármaco de Sorensson es todo lo contrario: patentable, regulable, facturable. Las farmacéuticas lo saben. Nordisk Biopharma ya ha sido cortejada por Pfizer, Novartis y un fondo saudí que quiere los derechos para Oriente Medio. Y mientras, las acciones del laboratorio se han quintuplicado en tres años. Viktor Sorensson tiene el 26% de la compañía. De ahí los 3.200 millones.

La polémica: ¿héroe o villano?

No todo son palmaditas en la espalda. Organizaciones como la Red de Pacientes Cannábicos y la Asociación por un Uso Racional de las Plantas señalan que Nordisk Biopharma ha intentado registrar como propias variedades de cannabis ricas en el precursor del CBD, algo que comunidades campesinas de Colombia, Marruecos y el Líbano llevan generaciones seleccionando de forma colectiva. Documentos legales filtrados en 2021 muestran que la empresa solicitó patentes sobre extractos con una ratio específica de cannabinoides que se solapan con remedios tradicionales.

Sorensson se defiende: “No hemos patentado la planta, sino un proceso de síntesis enzimática en bioreactores que no existe en la naturaleza”. Técnicamente es cierto, pero la sensación de biopiratería persiste. A eso se suma el precio: en Estados Unidos, un mes de tratamiento con Kanabinol® cuesta unos 1.500 dólares, de los cuales el seguro suele cubrir una parte. El aceite de CBD artesanal, comprado en un club cannábico español o en una asociación de pacientes, sale por menos de 50 euros al mes. ¿Misma eficacia? Probablemente no. Pero la brecha es enorme y plantea un dilema ético de acceso a la salud.

Lo que dice la ciencia (y lo que no)

Más allá del negocio, los datos de los ensayos están ahí. La molécula actúa como un modulador alostérico negativo de los receptores CB1, lo que en román paladino significa que no activa los receptores cannábicos de forma directa, sino que cambia su forma para que el dolor se apague sin el subidón. Es una vía farmacológica distinta a la de los opioides o los antiinflamatorios clásicos. Y eso, para pacientes con neuralgia del trigémino, fibromialgia severa o dolor post-quimioterapia, puede ser una revolución.

Pero ningún fármaco es inocuo. Los efectos secundarios más frecuentes son sequedad bucal, somnolencia leve y, en un 8% de los casos, alteraciones hepáticas transitorias. No es un caramelo. Requiere receta médica y controles analíticos cada tres meses. Aun así, los especialistas en dolor lo están recibiendo como agua de mayo: “Es la primera herramienta nueva en veinte años que no genera adicción y que podemos manejar con seguridad”, decía hace poco la doctora Carmen Ibáñez, de la Unidad del Dolor del Hospital La Paz de Madrid, en un congreso en Barcelona.

¿Y ahora qué? El futuro de los analgésicos cannábicos

Viktor Sorensson ya está en otra. Su equipo trabaja en un parche transdérmico para artritis reumatoide y en una formulación sublingual para crisis agudas de dolor irruptivo. Pero lo que de verdad quita el sueño a sus competidores es la plataforma de inteligencia artificial que Nordisk está usando para rastrear miles de fitocannabinoides menores —como el cannabigerol (CBG) o el cannabicromeno (CBC)— en busca de nuevos cabezas de serie. Porque si esto es solo el principio, el pastel del cannabis farmacéutico puede ser mucho más grande que el de la marihuana recreativa.

Mientras, los pacientes bregan con el precio y el papeleo. Los activistas piden que la patente se declare de interés público y que la OMS medie para que los países productores tradicionales reciban regalías. Y los que llevamos años viendo cómo la planta verde se lava de cara en los congresos médicos nos preguntamos: ¿es esto lo que queríamos? Quizás sí. O quizás no. Pero la máquina ya está en marcha. Y el que creó el primer analgésico de cannabis del mundo es un sueco con bata blanca que no fuma, no bebe y corre maratones los domingos. Así es el mundo cannábico del siglo XXI: menos humo, más patente.

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